¿Cultura con trapos rojos? La crisis en la llamada economía naranja

Un análisis descarnado sobre la dura situación que vive la gente del sector de las artes.

Hace apenas cinco meses este relato hubiera empezado en que la cultura en el país, esa gama de tejidos, fiestas, lenguas, industrias creativas, músicas o espectáculos, gozaba de salud, hundía el acelerador a fondo en el ideal del capitalismo y progresivamente aportaba más empleos, compras, turismo y muchas cosas que hacen parte de aquel espejismo que es el crecimiento económico.

Las cifras del actual y anteriores gobiernos, los comparativos con otros sectores o con países iberoamericanos la situaban entre 2 y 3 puntos del PIB, ocasionalmente superiores a la exportación cafetera, al paso que la aspiración del Plan Nacional de Desarrollo (PND) vigente está en más de 5 por ciento en cuatro años. Colombia refulgía como líder en exportaciones de bienes y servicios culturales, entre las cuatro mayores industrias latinoamericanas audiovisuales, editoriales o de espectáculos de artes escénicas.

Desde luego, más que el termómetro económico, para la gente de la cultura el interés existencial sigue siendo su contribución al desarrollo humano, a la resiliencia, a la superación de brechas sociales o de la violencia que llenó de cicatrices la vida y la muerte durante años, en fin, su aporte a la construcción de paz en la línea del horizonte.

Pero esta especie de interminable domingo al atardecer, de sicopatía por el omnipresente virus, ha bastado para situar el ecosistema cultural en un lugar que roza el desastre. La balsa de la Medusa, el cuadro de Géricault que plasma aquel pedazo de embarcación bamboleada por el mar histérico, atiborrada de náufragos, unos falleciendo y otros con el azuloso color de la muerte reciente, extrapola cuanto acontece. Los sobrevivientes piden auxilio a un buque lejano, en donde uno imagina hay gente abrigada.

Así que mientras la economía mundial y local se contraen en cerca de 5 %, la de los sectores culturales en Colombia lo hizo en los últimos meses hasta -11 por ciento.
No podría ser de otro modo: mirando al país pobre y con elevada exclusión, la mayoría de población tiene que elegir ahora, más que antes y para ejemplificarlo escuetamente, entre el vaso de leche y la compra del libro o el pago de internet (que llega apenas a medio país).

Contrastando, como en el cuadro, en los hogares que mantienen capacidad de compra crece la presencia de libros, películas o artes escénicas en forma virtual.

Grandes contrastes

En el mundo, el mejor momento para las cuentas de Netflix, YouTube y plataformas creativas; razón por la que se ha planteado, y en Colombia lo hemos impulsado desde algunas iniciativas focalizadas, un impuesto a las plataformas, o la reorientación de parte de los que ya pagan, para apoyar el financiamiento cultural, similar al gravamen al consumo de los servicios de telefonía celular (un 4 por ciento nacional que se reparte en 3 puntos para deporte y 1 para cultura, lo que ha significado, por ejemplo, una fuente principal de la ampliación de la Red de Bibliotecas Públicas).

Mientras la economía mundial y local se contraen en cerca de 5 %, la de los sectores culturales en Colombia lo hizo en los últimos meses hasta -11 por ciento.

Dentro del arcoíris de paradojas, ha ocurrido que algunas librerías (en el país las hay apenas en unos 40 municipios) elevaron en este lapso las ventas por pedido de libros impresos, llevados por mensajería a hogares. Llamativo, aunque insuficiente para su subsistencia sujeta a vender, pero también a programaciones con público y cafetería-bar, ahora clausuradas.

El tono se oscurece en el empleo, con desocupación superior al 20 %, con el campo creativo como tercero en peor nivel. Artistas, artesanos, técnicos, gente de oficios en las artes, la vida, la circulación de obras que en un instante quedó sin trabajo ni ingreso, sin aquel contrato que tenía la mayoría de las veces a destajo. Qué decir de las palenqueras vendedoras de frutas, actores en el microteatro, o los músicos ‘por toque’.

En la escalinata resbalosa van las empresas culturales (más de las tres cuartas partes, medianas y pequeñas), medios de comunicación, publicidad, fundaciones organizadoras de festivales e iniciativas artísticas, así mismo los colectivos y cooperativas que entraron muchos en situación de quiebra.

La exención tributaria creada por el Gobierno bien intencionadamente en la ley de financiamiento para empresas que generaran empleo y ampliaran inversiones resulta hoy inocua porque se quedaron sin ingreso y en imposibilidad de vincular gente. Entre casos duros, el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico en favor del cine local pasó de un presupuesto de $38.000 millones este año a uno de $ 14.000.

Y todo lo anterior sin ahondar en que mientras la ciudadanía está confinada, criminales de múltiples orillas ideológicas siguen asesinando a diario e impunemente a líderes indígenas, la cultura misma.

¿Qué hace el Gobierno?

Con el cierre de sitios públicos, con escasos recursos para atender necesidades vitales, y sobrecargados de pánico, llueven críticas, pedidos de auxilio.

¿Cómo responde el Gobierno, de qué manera sobrevivir?; ¿cuál es la adaptación a un modelo global ávido de consumir entretenimiento y progresivamente más vinculado a internet, pero mucho más excluyente en términos sociales?

Preguntas dentro de un tipo de orden que globalmente ha entregado las acciones básicas al sector privado e interviene menos y con distancia en áreas de alto valor o en bienes meritorios (educación, salud, telecomunicaciones, cultura inclusive), ese modelo de Estado que Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni, entre los desilusionados, describieron como entelequia que “lejos de ser un proveedor y garante del bienestar público, se convierte en un parásito de la población” y en donde, puntualizaba Bauman, “la cultura se asemeja hoy a una sección más de la gigantesca tienda de departamentos, con productos que se ofrecen a personas convertidas en clientes”.

América Latina no expone, ciertamente, un mapa de respuestas novedosas frente al drama del sector ahondado por la pandemia. La mayoría se perciben como acciones de coyuntura y escaso dinero de salvamento, insostenible en el largo plazo.

Durante este trance, Colombia expidió dos decretos de emergencia económica (475 y 561): se reorientó el impuesto al consumo celular en el porcentaje cultural, para financiar en lo poco que hay a artistas y gestores desde gobernaciones y alcaldías; se aplazó el pago de la contribución de los cines, y se permitió que la de espectáculos públicos no solo financie infraestructura, sino actividades.

Tres herramientas

Fuera de la emergencia, reglamentando los artículos 177 a 180 del PND, el decreto 474 prevé un novedoso descuento fiscal para la producción audiovisual que contrate servicios y empleo nacionales, cosa que puede situar mejor a Colombia en el radar de audiovisuales internacionales (películas de cine, series, videos musicales, entre otros). Con un incentivo no tan amplio como el que se reglamenta llegaron al país entre 2013 y 2020 unos 33 proyectos internacionales que gastaron acá $ 247.174 millones y avivaron notablemente la oferta técnica, artística y logística local.

Se expidió también el decreto 697, que les confiere a la infraestructura cultural, las artes y todos los campos en este rubro el mismo estímulo que tiene el cine local desde el 2003: un 165 por ciento de deducción tributaria por aportes e inversiones.

Así, por cada peso que una empresa o una persona le dé a un proyecto, presentará en su declaración de impuestos como si hubiera gastado un peso con 65 centavos, ahorro fiscal entre los mayores que hay para cualquier sector social o económico.

Esta última e importantísima herramienta puede concretar alianzas público-privadas, en las que inversionistas contribuirán a iniciativas con el propósito no solo de la llamada responsabilidad social, sino de recibir unos títulos tributarios de alto valor de negociación en el mercado. La tarea inaplazable de Gobierno y comunidad cultural está en conseguir que el mecanismo no se concentre en Bogotá o 4 ciudades más grandes, sino que en efecto se irrigue al grueso de necesidades de infraestructura y acciones artísticas en los territorios más lejanos, que, dicho sea, sin ese eufemismo, son casi todos en este país sombreado de violencia, aislamiento e inequidad.

Nuevas medidas se reclaman: eliminación de impuestos, ampliación y facilitación de créditos, aporte de financiaciones para sobreaguar. Se espera de un momento a otro que un último decreto dentro de la emergencia consigne algunas.

Por supuesto, la faena de todos, en corresponsabilidad Gobierno-sociedad civil, está en salvar la vida misma de creadores, artistas y trabajadores, rescatar instituciones; de muchas formas, reavivar la circulación de ofertas culturales y mejorar el acceso ciudadano a esta mediante subsidios.

La cultura existe por sí misma y existirá junto con la necesidad de respirar. Pero a partir de esta crisis hay que diseñar un nuevo diálogo con mayor participación civil, más intersectorial, más activo en internet, menos concentrado en ciudades grandes. Aquí, el Ministerio de Tecnologías, por ejemplo, tendrá que abordar otra comprensión de su misión cultural, pues realmente no ayudan medidas como la eliminación de las cuotas de pantalla locales en televisión o actuaciones aisladas, aunque deshonrosas de algunos de sus dependientes descalificando a comunidades indígenas.

Trapos rojos de alerta ha sorteado la cultura a lo largo de años. De esta también saldrá.

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