La cantante santandereana Elsa y Elmar celebra su nominación al Grammy Latino 2025 con su disco Palacio, llevando su voz y raíces de Bucaramanga al mundo.
Hay instantes en la vida que parecen hechos para el cine, pero que suceden, de verdad, en medio de una rutina común. Elsa Carvajal, conocida artísticamente como Elsa y Elmar, hacía ejercicio cuando las notificaciones comenzaron a llegar, incansables: así la sorprendió su nominación al Grammy Latino 2025.
“Vivo entre Bucaramanga y Ciudad de México. No tenía ni idea de que ese día salían las nominaciones: Palacio es un disco totalmente independiente y la industria la dominan las disqueras grandes, que son quienes tienen más acceso a esos espacios. Cuando empezaron a llegar mensajes de celebración y yo decía: ‘¿pero de qué?’. Lo primero que hice fue gritar con mi mamá de la emoción. Después de gritar, volví al gimnasio”.
El grito, de sorpresa y alegría, es el de una artista independiente que desafía las probabilidades y se cuela en la lista de los Grammy por la puerta que ella misma ha tallado a pulso. Los Grammy los deciden comités de profesionales de la industria, gente de disqueras y artistas, que escuchan los lanzamientos del año y eligen lo que merece nominación. Hoy se publican más de 100.000 canciones al día: opciones hay miles.
“Para mí es un honor enorme que me hayan escogido, sobre todo porque represento a quienes lo hacemos a nuestra manera. Me conmovió porque reconoce el camino propio”, nos contó Elsa en una entrevista vía streaming desde Bucaramanga.
A la gente le gustó el disco y le enviaba mensajes para hacérselo saber. Pero, claro, todo el ruido digital a veces diluye la recepción. Lo cierto es que en su gira, Elsa y Elmar comprobó que su público sabía las canciones. Y ahora, esta nominación es otra forma de reconocimiento: la Academia dice: sí, Palacio es genial, nos gustó.
Para quien no haya escuchado el disco todavía (una deuda que ningún santandereano debería tener), Elsa explica que una forma de visualizarlo sería como “la última escena de Barbie (la película), cuando pasan las fotos de toda su vida muy rápido. Eso es este disco al 100 %: la vida sucediendo y yo tratando de entenderla, afrontarla, disfrutarla, gozarla, pelearla, quejarme… todo lo que uno hace para sobrevivir”.
A Elsa le sale la santandereana hasta por los poros. Lo asume, lo celebra, lo convierte eSn motivo de relato: “la terquedad es gigante. Mi música es emocional, pero soy santandereana: me bajo del escenario y suelto las palabras. A la gente le desconcierta: creen que soy ‘tierna y suavecita’ y les salen palabras muy de Bucaramanga. Incluso a mi equipo en México le tomó tiempo entender que no estoy brava: soy así”.
Pero también hay un refugio de ternura, un linaje de matronas que la formaron a su modo: “quiero reivindicar la ternura de la mujer santandereana. Tenemos fama de malgenio, pero hay un lado tierno que reclamo. En el disco hay canciones sobre mi familia y mis abuelos. Santander está siempre presente”.
Sus modelos no fueron ídolos musicales ni estrellas de radio. Fueron mujeres de su familia y referentes santandereanos en otras artes, como Beatriz González: “mis grandes referentes fueron las matronas de mi familia. A mi mamá la vi empujar y sostener el hogar. Mi abuela igual. Esa determinación ha estado siempre”.
Y esa determinación, tan humana, el acto de lanzarse a un río sin medir la corriente, es el corazón de las composiciones de Elsa: “siempre me arriesgo, a veces demasiado para mi gusto. Mis decisiones creativas son un ‘no negociable’”.
Ahí, justo en ese umbral entre lo imprevisto y lo valiente, aparece el pulso de sus raíces, lo santandereano latiendo: “esa es mi sangre, son las mujeres de mi familia. No hubo una sola concesión: hice lo que sentía correcto”.
Sobre la escena local, Elsa es directa: “que nos deje de dar pena apoyar a los artistas. Nos da mucha pena. Todavía tenemos esa cosita búcara: un poquito envidiositos, nos cuesta ser fans”. Añade que en México la audiencia se va sumando de toque en toque; aquí falta ese hábito y respaldo público: sin recursos no hay buen show, y sin buen show, la gente no se enamora.
Lleva siete años sin tocar en Bucaramanga con su banda. No porque no quiera, sino porque no hay cómo. En México, a las provincias, Elsa y Elmar lleva su música apoyada por gobiernos de cada estado y así su show es imponente. “Duele ver que sí se la gastan en unas cosas… hablando solo de lo artístico”, explica.
Más allá del sonido, Elsa quiere que la conversación atraviese la industria, que la discusión no se quede en la superficie: que se comprenda que cuando las mujeres alzamos la voz para pedir lo que es justo, no estamos peleando ni somos ‘problemáticas’. Estamos usando nuestra voz: “este disco viene cargado de esa lucha”.