Publicado por:Jorge Eduardo Silva Gómez
En una conversación reciente con un empresario cercano, Luis Felipe González, me soltó unas verdades de su compañía: “Todos los negocios son lucrativos, pero con disciplina en su desarrollo; no es lucrarse de un día para otro”. Y no lo dijo desde la teoría sino desde la experiencia: empezó su negocio hace 26 años y logró posicionar su marca y recoger frutos después de más de una década. No se rindió. Fueron años haciendo lo mismo bien: ajustando, midiendo, corrigiendo y aprendiendo.
Y me dijo otra idea clave: “Para mí es importante lo que el cliente dice; ellos son los dueños del negocio”. En lenguaje simple: el problema no es el negocio… es la impaciencia del empresario.
Hay algo en nuestra cultura empresarial que está pasando factura: queremos resultados rápidos sin procesos largos. Se monta un negocio hoy y a los pocos meses ya tiene que estar “dando plata”. Si no pasa nada, arranca el desfile de excusas: que el mercado está malo, que la competencia revienta precios, que la gente no compra, que los impuestos no dejan, que el gobierno no ayuda, que la economía está difícil… pero casi nunca se dice lo que realmente pasa: faltó disciplina.
La disciplina no está en el arranque; es la continuidad en el tiempo. Y eso, justamente, es lo que más falta.
Esta lógica empresarial no es aislada; refleja exactamente lo que pasa en lo público. Elegimos gobiernos esperando resultados inmediatos, obras rápidas, soluciones exprés. Y cuando no llegan, cambiamos de rumbo sin dejar que los procesos maduren.
En los negocios, esa mentalidad cuesta plata. Y no poca. Se invierte sin estrategia, se crece sin estructura y se vende sin claridad financiera. Se confunde facturar con ganar y crecer con ser rentable. No falta creatividad; falta rigor y constancia. Hay un patrón claro: negocios que cambian de producto cada seis meses, marcas que nunca terminan de posicionarse, empresas que compiten bajando precios porque no saben diferenciarse. El resultado es predecible: mucho tilín tilín… y poca rentabilidad.
Los empresarios no fracasan solo por malas decisiones, sino por decisiones prematuras. Cierran antes de aprender, cambian sin medir e invierten sin criterio. Se desesperan cuando el retorno no llega en el tiempo que imaginaron.
Aquí hay otro problema de fondo: las redes sociales han vendido la idea del éxito instantáneo. Historias de “emprendedores” que en meses facturan millones, sin contarnos los años previos de errores, pérdidas y aprendizaje. Se exhibe el resultado, pero se oculta el proceso.
Importante: “El mercado es un mecanismo para transferir dinero de los impacientes a los pacientes”. Warren Buffett.