La noche del 15 de junio de 2025, Camilo Andrés Gutiérrez Boada entró a su habitación en un hotel de San Andrés con el corazón acelerado, no por la exigente prueba que acababa de superar, sino por la emoción contenida durante horas. Cerró la puerta, dejó caer su maleta y, por fin, soltó las lágrimas que venía aguantando desde la meta. No eran de tristeza. Eran de alivio, orgullo, gratitud y una inmensa felicidad. Acababa de lograr algo que meses atrás le parecía lejano: clasificarse al Mundial de Triatlón 70.3 que se celebrará en noviembre en Marbella, España. Y lo hizo mucho antes de lo esperado, tras obtener el tercer lugar en su categoría (40-44 años) en el exigente circuito del Ironman 70.3 de la isla.

Mientras cruzaba la meta, y luego, solo en su habitación, pensaba en los de siempre: su mamá y sus dos hijos, Juan Martín, de 6 años, y María Antonia, de 10. Ellos son su motor, sus porristas más fieles, y suelen acompañarlo en casi todas las competencias. Pero esta vez, en su mayor logro deportivo hasta ahora, no pudieron estar presentes. Aun así, Camilo los sintió a su lado. “Siempre están conmigo, incluso cuando no están”, dice.

Camilo, de 41 años, nacido en San Gil (Santander), no viene de una carrera deportiva convencional. Es administrador de empresas y vivió un proceso personal difícil que lo empujó a reconstruirse desde cero. Durante la pandemia atravesó una separación que lo llevó de regreso a su tierra natal, donde se refugió en su familia y reencontró el deporte como una vía para sanar. “Estaba en un momento de quiebre emocional. Volver a mover el cuerpo fue lo que me mantuvo cuerdo”, recuerda.

Su historia en el deporte competitivo empezó desde abajo. Primero con crossfit, después con el running. En marzo de 2021 participó en su primera carrera de trail entre el puente Baraya y la cárcel de Berlín, donde llegó de penúltimo: puesto 19 entre 20 corredores. “Solo le gané a Martín porque él iba con el perro”, dice entre risas. Pero ese paso fue decisivo: le devolvió la confianza, la motivación y la disciplina que había perdido.

En julio de 2023 se animó a probar el triatlón. Viajó a Guatapé, Antioquia, para su primer reto. Fue un desastre. No logró terminar la prueba de natación. “Me paniqueé, literal. Tomé agua, me pegaron, me pasaron por encima. Me revolcaron los ‘pro’ en la salida”, recuerda. Sin embargo, en lugar de abandonar el camino, decidió tomárselo en serio. Ese fracaso fue el punto de inflexión.

Desde entonces, su transformación ha sido total. Contrató entrenador, redujo su tiempo de competencia de seis a cuatro horas, madruga todos los días, entrena dos veces diarias, mantiene una dieta rigurosa y lleva un control meticuloso de cada entrenamiento. En su hoja de Excel anota el kilometraje exacto que acumulan sus zapatos de running y ensaya una y otra vez la subida y bajada de la bicicleta para recortar segundos. Es obsesivo con los detalles. “El diablo está en los detalles, y en el triatlón, cada segundo cuenta”, asegura.

Camilo no solo ha transformado su cuerpo, también su mente. Aunque mantiene un carácter entusiasta y optimista, convive con una autoexigencia constante. “Me frustra no poder entrenar o cuando no alcanzo los tiempos. Ahí es donde el entrenador, el amor propio y el deporte me salvan. Porque el deporte siempre salva. Especialmente a los que estamos lo suficientemente locos como para llevar el cuerpo al límite”, afirma.

Hoy, su rutina no se detiene. Mientras se prepara para representar a Colombia en el Mundial de Marbella, también gestiona recursos para poder costear el viaje. Porque aunque su nombre aparece ya en la lista de clasificados, aún necesita apoyo. Ser deportista amateur de alto rendimiento, como bien lo ha aprendido, es también una carrera contra el cansancio, el tiempo… y el presupuesto.

Camilo Gutiérrez, el ‘Ironman’ sangileño que clasificó al Mundial de Triatlón 70.3 en MarbellaCamilo Gutiérrez, el ‘Ironman’ sangileño que clasificó al Mundial de Triatlón 70.3 en Marbella

“Este no es un logro personal, es colectivo. Es de mi familia, de mis hijos, de mis entrenadores, de mis amigos, de los que me han creído, incluso cuando yo no lo hacía. Y ahora es de los que se sumen para hacer posible este sueño”, dice.

Con cada zancada, cada brazada y cada pedaleo, Camilo no solo compite. Se transforma, se supera, y demuestra que las grandes metas no se miden por el punto de partida, sino por la determinación con la que se avanza.

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