Publicado por:Pedro Zapuka

El fin de semana pasado fue el concierto de J Balvin en Bucaramanga, este evento no solo llenó escenarios, hoteles y bolsillos. También dejó al descubierto algo que preferimos no mirar de frente: nuestra dificultad colectiva para celebrar sin destruir.

Sí, hubo movimiento económico. Restaurantes llenos, transporte activo, comercio dinámico. La ciudad vibró. Pero mientras unos contaban ganancias, otros contaban heridos. Peleas, agresiones, descontrol. No fueron hechos aislados: fueron la consecuencia predecible de una cultura que sigue confundiendo libertad con exceso.

Aquí es donde hay que incomodarse un poco.

Y lo digo sin superioridad moral, porque hace muchos años también estuve en espectáculos como esos. Yo también fui de palcos, de conciertos, de noches largas sin medida. También normalicé el exceso, el alcohol sin control y el uso de sustancias como parte del “ambiente”. Y no, eso no me trajo nada bueno. No me hizo más libre, no me hizo más fuerte, no me hizo mejor. Solo me alejó de mí mismo, de mi claridad y de mi carácter. Por eso hoy no hablo desde el juicio, hablo desde la experiencia.

Porque el problema no es J Balvin. No es el concierto. No es la música. El problema es lo que cada quien lleva por dentro cuando siente que “todo se vale”. El problema es esa normalización peligrosa del consumo desmedido de alcohol y sustancias como sinónimo de diversión. Como si perder el control fuera parte del plan.

Y no, no lo es.

Una ciudad no puede medirse solo por cuánto factura en una noche, sino por cómo se comporta en ella. Por su capacidad de convivir, de respetar, de disfrutar sin cruzar la línea de la violencia. Porque cuando la celebración termina en agresión, deja de ser celebración y se convierte en síntoma.

Síntoma de impulsividad.

Síntoma de falta de límites.

Síntoma de una sociedad que aún no aprende a canalizar su energía sin hacerse daño.

No se trata de satanizar los eventos masivos. Al contrario, son necesarios. Son vida, cultura, movimiento. Pero tampoco podemos seguir ignorando lo que pasa alrededor de ellos como si fuera “normal”. No lo es.

La verdadera evolución no está en traer grandes artistas. Está en formar ciudadanos que estén a la altura de esos eventos.

Disfrutar no debería implicar perder la conciencia.

Celebrar no debería implicar agredir.

Y mucho menos, justificarlo después.

Bucaramanga tiene el potencial de ser una ciudad que brilla no solo por lo que organiza, sino por cómo responde. Pero eso exige algo más difícil que montar un concierto: exige carácter colectivo.

Porque al final, el problema nunca ha sido la fiesta.

El problema es cómo decidimos vivirla.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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