El sacerdote jesuita Javier Giraldo no solo fue la persona que recibió el cuerpo del cura y sociólogo fallecido hace 60 años tras su primer y único combate en las filas de la guerrilla del ELN, sino también quien inició hace dos años su búsqueda.
La reciente entrega de los restos de Camilo Torres Restrepo por parte de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas volvió a poner en el centro la figura del sacerdote y sociólogo cuya vida sigue generando entre admiración y controversia.
La urna fue recibida por el padre Javier Giraldo, sacerdote jesuita y reconocido defensor de derechos humanos, quien impulsó su búsqueda desde lo que la UBPD denomina la “familia social”.
En conversación con Colombia+20, Giraldo reconstruye las razones de ese compromiso, defiende una lectura integral de la trayectoria de Torres —más allá de su paso por la lucha armada— y explica el trasfondo de ideas como el “amor eficaz”, eje de su propuesta cristiana y social.
Hace unos días la UBPD le entregó a usted una urna con los restos del padre Camilo Torres y en la rueda de prensa la directora de esa entidad recalcó mucho la importancia de lo que llamó la familia social. Es decir, esas personas que buscan a desaparecidos sin tener un lazo de sangre como es su caso con el cura Torres. ¿De dónde surge su interés de buscar el cuerpo de Camilo Torres?
Cuando Camilo estaba en su momento más intenso de acción social y política en el año 65, yo tenía 19 años y yo estaba en el noviciado de los jesuitas. Teníamos que prestar un servicio en un hospital durante un mes. A mí me mandaron a los Seguros Sociales de Medellín, y en esa misma semana llegó Camilo a Medellín, y yo pude mirar y experimentar cómo en estas tres clínicas que yo atendía en ese momento todo el mundo se volcó a escucharlo. Veíamos las conferencias de él. Teníamos un comedor enorme, donde íbamos a tomar las comidas con todos los médicos, las enfermeras, los administradores, todo el personal de los hospitales y veíamos cómo algunos enfermos se levantaban de su cama para ir a escucharlo. La gente de todas esas clínicas se peleaba por sentarse a la mesa con nosotros. Pero piense que éramos tres novicios, usábamos la sotana en ese momento, y nos sentábamos a discutir por qué la Iglesia estaba tratando así a Camilo Torres. En ese momento, ya él tenía su conflicto con el cardenal. Nosotros estábamos todavía muy inexpertos para discutir todas esas cosas, pero a mí se me quedó grabado lo que decía la gente. La gente decía que no entendía la condena de la Iglesia a las exposiciones de Camilo; cuando uno va y lo oye, y lo que él dice es puro evangelio. Nos preguntábamos: ¿La iglesia está condenando el evangelio?
Nunca tuve la oportunidad de verlo en persona, de hablar con él ni de darle la mano y todo eso. Yo lo vi, fue por televisión, por radio, sí. A mí se me grabó eso en lo más profundo, y de ahí seguí dándole vueltas.
Y ahora, años después, es usted el que recibe sus restos. ¿Qué sintió ayer cuando se los dieron?
Una emoción muy profunda, pero al mismo tiempo sentía algo como que lo que estoy haciendo aquí no es como persona, sino como país. Yo creo que gran parte del país lo he percibido en todos los aniversarios y en todas mis correrías, porque yo trabajo también con muchos movimientos sociales y comunidades de protesta. Entonces, lo he percibido, la admiración y el amor por la memoria de Camilo es muy grande, muy grande.
Pero también hay mucha polémica y mucha tensión alrededor de la figura de Camilo Torres sobre todo por su decisión de irse a las armas. ¿A qué le endilga la polaridad con la figura de él?
Es que él fue un sacerdote que termina yendo a un grupo armado y eso fue algo que no solamente conmovió y escandalizó, podríamos decir, a los colombianos, sino a todo el mundo. Eso se comentó en periódicos de todo el mundo, cómo un sacerdote se vincula a un grupo armado. Y por eso las explicaciones que él daba, sus comunicados, sus discursos también empezaron a ser puntos y textos de estudio y de discusión.
Pero, realmente, yo he explicado varias veces que la vinculación de él al Ejército de Liberación Nacional tiene muchos aspectos que no se han considerado. Yo creo que un elemento es el contexto de persecución que él estuvo viviendo en esos últimos meses. Amigos de él, que lo acompañaron mucho en sus estudios sociales, en sus clases en la universidad, le dijeron, si usted no se va para la guerrilla, le tocará estar preso durante el resto de su vida porque los militares ya lo están buscando.
¿Usted dice que se fue a la guerrilla un poco por el temor de lo que podía pasarle?
Creo que no fue solo por estar en la guerrilla, sino por todo lo que él afirmaba de la situación social del país. Él visitó la guerrilla del ELN, hizo acuerdos con ellos y de vincularse a esa guerrilla, porque él veía que el problema del cambio de estructuras en Colombia no iba a ser pacífico y que entonces iba a ser necesariamente violento. Hay otros elementos que invitan como a considerar de otras muchas maneras la vinculación de él a la guerrilla. Pero, como digo, son tres meses que contrastan con muchos años de ejercicio del sacerdocio, de ejercicio de la maestría en la universidad, de ejercicio de diálogo con muchos movimientos sociales y políticos. Todo eso se olvida y por eso la condena de él, yo creo que responde a posiciones más de los que condenan, de fanatismos y radicalismos de ellos, que no ven sino con miradas muy recortadas todo ese problema.
Usted dijo en la rueda de prensa que al cura Camilo Torres se le juzga, se le mira y se le admira sobre todo por los últimos tres meses de su vida, y que no se cuenta todo el resto. ¿Cuál es ese resto que debemos conocer? ¿Qué no se ha contado y qué destacaría de su vida como sacerdote y como sociólogo?
Yo creo que hay que empezar por su sacerdocio. Él no fue un sacerdote así de pacotilla, como podríamos decir. Fue un sacerdote muy convencido de su vocación, muy entusiasmado con su vocación, muy enamorado de su vocación. Desde que entró al seminario tenemos testimonios, el diario de él en el seminario, en fin, y su interés porque, por ejemplo, la Biblia que leía estaba muy subrayada con textos que refieren al amor, al amor a los demás, al amor cristiano, a la caridad. Y sus escritos, sus reflexiones, todas apuntan en ese sentido.
Él no quería ser un sacerdote simplemente como un profesional formal, sino que quería destacarse precisamente por tomar lo central del Evangelio, que era el amor a los demás. El compromiso con la justicia. Y en eso él vivió con un entusiasmo y una convicción muy profunda, fuera de serie. Pero además, como sociólogo, él comprendió que ese amor tenía que expresarse prácticamente en la sociedad. Y él veía una sociedad completamente dividida y sobre todo con sectores muy grandes de la sociedad excluidos.
¿Y cómo fue su paso por la Universidad Nacional?
Cuando él regresa de sus estudios de sociología y comienza a trabajar en la Universidad Nacional como capellán, lo primero que piensa es que los estudiantes deben conocer y experimentar lo que es el mundo injusto de Colombia, y los lleva a los barrios más empobrecidos de Bogotá. Era el extremo de Bogotá en esa época, que era el barrio Tunjuelito, donde estaban los chircales donde ponían a trabajar forzosamente a los niños.
Pero él descubre allí, y como capellán de la Universidad, que los estudiantes que él invita a llegar a los barrios y a conocer la realidad de los barrios, los que asisten más al culto cristiano, a la Eucaristía diaria en la capilla de la universidad, no les gusta ir a los barrios, y nunca van. Y en cambio los que van a los barrios son aquellos estudiantes que no les gusta el culto y que se dicen ateos. Y él va notando esa diferencia y se la escribe al arzobispo en una carta muy profunda que le dice, los que aman no tienen fe, y los que tienen fe no aman.
Esto hay que darle un vuelco, hay que cambiar el estilo de pastoral que traemos en la Iglesia desde hace siglos, desde la evangelización española, que es primero sacramentalizar, o sea, bautizar a la gente, confirmarla, casarla, que asistan a la Eucaristía los domingos, en fin. Pero esos son los sacramentos y las otras partes, digamos, de la pastoral, como son por ejemplo la catequesis y lo que se llamaba la caridad, las acciones de caridad, poco importaban.
Entonces él dice, hay que voltear patas arriba, como él lo llama todo este esquema de pastoral, y empezar por el compromiso con la caridad o con la justicia. Dice, si hay alguien que realmente no tiene sensibilidad frente a los problemas de la justicia, no tiene madera para ser cristiano. Entonces es absurdo bautizarlo porque no tiene madera para ser cristiano. Y él propone ese tipo de pastoral que en el fondo son los principios que le dan origen a la teología de la liberación unos años después. Entonces ese es el perfil fundamental del Padre Camilo.
Uno de los conceptos más populares de Camilo Torres fue el de “amor eficaz” que lo concibe no solo como un sentimiento, sino como una serie de acciones revolucionarias para ayudar al prójimo, pero también para cambiar estructuras sociales que perpetúan la desigualdad. ¿Cómo llegó él a ese concepto?
El amor eficaz fue, digamos, la consigna central de la vida de Camilo. Él se entusiasmó y se enamoró de la parte de la Biblia, del Evangelio, que hablaban del amor a los demás, pero cuando él se hizo sociólogo, entendió que ese amor no puede ser un amor romántico o teórico, sino que ese amor tiene que ser eficaz.
Y él tomó un texto del Evangelio que lo repetía continuamente, y era un texto del Evangelio de San Mateo que habla del juicio final y enumera todas las obras de misericordia. Y entonces Camilo decía, para ser cristianos tenemos que dar de comer, pero no a unos pocos, sino a todo el país. Y para darle de comer a todos los pobres de Colombia necesitamos un cambio de estructuras, y él lo decía con esas palabras, una revolución. Y en sus últimos años él dijo que esa revolución no debe ser teórica, debe ser práctica y debemos comprometer con esa revolución, y esa fue su lucha final. O sea, la revolución comprometida era casi un sinónimo del amor eficaz.

Sobre el uso de su figura por parte del ELN, ¿usted cree que es importante por una coherencia ideológico o porque la popularidad de Camilo Torres le da exposición a esa guerrilla?
Pues hay muchas versiones y ahí es muy difícil discernir entre todas ellas. A Camilo le tocó la comandancia de Fabio Vázquez Castaño y algunas versiones dicen que cuando empezaron a llegar intelectuales de la Universidad Industrial de Santander a la guerrilla, él era un campesino sin títulos universitarios y señalan que sintió un celo, que mandó a fusilar a varios de los intelectuales, que trató a Camilo muy mal, que no supo el valor de la persona que estaba llegando allí y lo puso en circunstancias de combate y manejo de armas que él no era capaz, y que lo obligó a ir a la emboscada donde encontró la muerte.
Pero, de todas maneras, después de Fabio Vázquez vienen otros comandantes que valoraron muchísimo más lo que había sido Camilo en la guerrilla. Por ejemplo, Manuel Pérez, que fue sacerdote también, o Nicolás Gabino, ellos lamentaron… mucho la muerte de Camilo y le dieron un valor simbólico muy grande dentro de la organización. Pero, como digo, hay muchas versiones y es muy difícil establecer con plena certeza qué pasó internamente allí y cuáles fueron exactamente las motivaciones y decisiones de mando en ese momento. Lo que sí es claro es que posteriormente su figura fue asumida como un referente muy fuerte dentro de esa organización, y eso también ha contribuido a la polémica permanente sobre su memoria.