Los usuarios de Metrolínea solicitan la implementación de brigadas para la recuperación de las estaciones del sistema de transporte. Aseguran que esperar el bus en esas condiciones no les genera ninguna confianza.
Otra vez, los usuarios de Metrolínea están inconformes. Y es que, mientras se aplaude la llegada de los 12 buses duales provenientes de Medellín, las estaciones siguen convertidas en ruinas: paredes destruidas, vidrios rotos, torniquetes inservibles y techos oxidados que apenas sostienen la estructura.
Durante los últimos días, los ciudadanos han denunciado el abandono de los portales y paraderos. Las imágenes hablan por sí solas: estructuras vandalizadas, saqueadas e incluso incendiadas, sin que las autoridades reaccionen.
También se observan grupos delictivos que actúan a plena luz del día, arrancando cables, robando láminas y desmantelando, pedazo a pedazo, lo poco que queda del sistema.
“Es absurdo que traigan buses nuevos cuando las estaciones están destruidas. No hay ni dónde validar la tarjeta”, reclama Juan Alberto Moreno, usuario frecuente, quien confiesa que prefiere arriesgarse a usar mototaxi antes que esperar en medio del abandono.
Su testimonio refleja el sentir de cientos de pasajeros que, entre la inseguridad y la falta de servicio, optan por cualquier otra alternativa vial.
Casos como los de los portales de Piedecuesta y Girón son muestras del deterioro sin control. Allí, los robos se repiten día tras día: se llevan puertas, barandas, cableado e incluso los avisos informativos. Todo lo que tenga algún valor en el mercado negro desaparece sin que nadie intervenga. La escena es de desolación y de impotencia ciudadana.
El gerente de Metrolínea, Emiro José Castro Meza, asegura que aún están operativos el Portal del Norte, la Estación de Transferencia de la UIS y algunos paraderos centrales como Quebradaseca, San Mateo, Chorreras y Provenza. Sin embargo, quienes usan esas estaciones cuentan otra historia: inseguridad, oscuridad, olores nauseabundos y la presencia constante de habitantes de calle que ahora utilizan esos espacios como refugio.
El funcionario insiste en que, junto con la Alcaldía de Bucaramanga, “se avanza en un plan para rehabilitar las estaciones y se busca una donación privada para financiar parte de las intervenciones”.
Pero, mientras los planes se anuncian, las estaciones se siguen cayendo a pedazos. Los usuarios ya no creen en comunicados ni en fotos de buses nuevos: quieren acciones visibles, vigilancia real y estaciones dignas.
Lo que se pierde no es solo infraestructura pública costosa; lo que se desvanece, día a día, es la confianza ciudadana en un sistema que nació con la ilusión de transformar la movilidad y hoy simboliza el abandono y la improvisación.