La sostenibilidad suma más de cincuenta años de discusiones globales. En el turismo, los datos evidencian un reto entre las intenciones y las acciones de los viajeros.

Hace más de cincuenta años que la sostenibilidad ocupa la agenda global. Desde los años setenta, el mundo ha producido cumbres, metas, declaraciones y hojas de ruta para frenar el deterioro ambiental y promover un desarrollo que incluya a las comunidades.

Para la experta Sandra Abreu, tallerista del reciente Encuentro Nacional de Turismo Receptivo de Anato, ese esfuerzo aún no se refleja en los resultados.

Las cifras muestran una realidad distinta. El planeta ha perdido el 46 % de sus árboles. Se estima que perdimos el 85 % de los humedales presentes en 1700. Pese a solo cubrir cerca del 6% de la superficie terrestre, el 40% de todas las especies vegetales y animales viven o se reproducen en ellos. A su vez, son uno de los hábitats más amenazados de la Tierra.

Una de cada cinco especies está en peligro y, si la tendencia continúa, el 90 % de los arrecifes podría desaparecer para 2050.

En el turismo ocurre algo similar. La industria habla desde hace décadas de responsabilidad, conservación y valor comunitario, pero sigue habiendo una brecha desafiante entre el discurso y las acciones.

Sandra Abreu, profesional en Ciencias Políticas con experiencia en la estructuración de políticas públicas de Turismo, señala que se ha repetido el mensaje, se han multiplicado las intenciones y promovido acciones aisladas, pero eso no se ha traducido en cambios a la escala necesaria.

Para Abreu, parte del problema es que la sostenibilidad se convirtió en un ideal lejano, en una palabra difícil de aterrizar a la hora de planificar un viaje.

“Cuando uno le pregunta a un viajero, ‘¿usted escogería un hotel por la forma en que apoya a la comunidad, cuida el medio ambiente y le aporta al planeta?’, pues los viajeros van a decir, ‘Claro, estoy dispuesta a hacer eso’. Cuando ese viajero va a pagar, si ese hotel cuesta un peso más que el que no tiene todo eso, posiblemente termine decidiendo la opción no sostenible”, apuntó.

Para ella la explicación está en que la palabra sostenibilidad es para el cerebro un concepto abstracto.

“La sostenibilidad es un concepto abstracto y el cerebro que necesita sobrevivir, no puede codificar la sostenibilidad. ¿Eso cómo se come? ¿De qué color es? ¿Cómo se toca? ¿Cómo se ve? No tiene cómo hacerlo y como no tiene cómo codificarlo, se enreda y no le hace mucho caso”, explicó Abreu.

A esto se suma, según ella, el “sesgo de presente”, una inclinación natural a buscar la recompensa inmediata incluso cuando se contradice con metas a largo plazo.

Abreu lo explicó con ejemplos: el impulso de comerse un postre frente a la decisión más razonada de mantener una dieta. Esa misma tensión aparece en el viaje, un escenario marcado por la desconexión, el descanso y la búsqueda de placer, donde la sostenibilidad queda relegada.

La carga cognitiva del viajero tampoco contribuye. Reservas, rutas, idiomas, transporte, horarios, un conjunto de decisiones que ocupan espacio mental y desplazan la intención de actuar de manera responsable.

La corta permanencia en los destinos sería otro factor en contra de la sostenibilidad. La facilidad de prácticas poco sostenibles en algunos lugares y la idea de que pagar compensaciones “autoriza” a descuidar otras acciones dentro del territorio.

Para Abreu, no se trata de falta de interés, sino de la manera en que están diseñadas las decisiones dentro del viaje.

Lo que puede aprender el turismo de otras industrias

Abreu insistió en que no todo depende de la intención individual. Señaló que la industria automotriz entendió hace rato que la seguridad no puede descansar únicamente en la voluntad del conductor.

Por eso incorporó sistemas que actúan sin que el usuario lo piense “el carro que no enciende sin cinturón, la alerta que suena antes de un choque, el mecanismo que impide avanzar si la puerta no está bien cerrada”.

Son herramientas basadas en ciencias del comportamiento, pequeñas intervenciones que guían la decisión correcta sin exigir esfuerzo adicional.

“Podríamos aprender de esta industria en el turismo para ayudar a nuestros viajeros a seleccionar las opciones sostenibles, a visitar los destinos sostenibles y pues a nosotros mismos en nuestro comportamiento”, afirmó.

Abreu resumió esa idea en una lista que define las características de una experiencia realmente transformadora: “La sostenibilidad tiene que ser atractiva, irresistible, fácil, ser predeterminada, ser social, generar recompensas no monetarias y darse a tiempo”.

Cortesía Weekend Santander/VanguardiaCortesía Weekend Santander/Vanguardia

Las nuevas tendencias del viajero

En el Encuentro también se presentaron estudios de Hilton e Ipsos sobre las motivaciones actuales de los viajeros.

El 56 % viaja para descansar y recargar energías; el 37 % busca tiempo en la naturaleza; el 36 % quiere mejorar su salud mental y el 20 % quiere más espacio personal.

El 61 % prefiere usar herramientas de inteligencia artificial para planificar sus viajes, y el 27 % de quienes se desplazan por negocios valora espacios de descanso durante el trayecto.

En turismo de aventura crecen las rutas fuera de los circuitos tradicionales, las expediciones culturales, las experiencias de bienestar y los llamados viajes “de última oportunidad”, centrados en lugares que están cambiando o desaparecen, en donde vuelve a sonar la sostenibilidad.

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