Los jugadores de la Selección Santander de fútbol para ciegos compartieron un partido y sus historias con estudiantes, dejando una lección de valentía, disciplina y esperanza.
Desamarra el nudo de sus zapatillas blancas, las de la magia, con la concentración quirúrgica de quien está a punto de abrir un corazón. Sus dedos se mueven despacio, pero con una firmeza que no admite dudas. El rostro permanece inmóvil, serio, como si de ese gesto dependiera algo más que un simple partido.
Trabaja en silencio mientras a su alrededor sus compañeros conversan, se ríen. Él no. Termina, se pone de pie y se une al grupo que avanza, como si fuera un solo cuerpo, hacia los baños del Liceo Rafael Pombo, en San Gil. Allí se pierden por unos veinte minutos, tiempo suficiente para transformarse.
Cuando regresan, él ya lleva el uniforme completo. Las zapatillas blancas siguen ahí, brillando bajo el sol del mediodía y distinguiéndolo del resto. Más tarde, esas mismas zapatillas provocarían una cadena de “¡uy!”, “¡uisshh!” y aplausos entre los estudiantes, que sin saberlo estaban a punto de encontrarse con un fútbol distinto.
Su actitud también ha cambiado. Empieza a sonreír. Entre chistes y chanzas se ríen de ellos mismos, “de los ciegos”, como se dicen sin rodeos. El humor es directo, a veces duro, del que muchos llamarían “negro”, pero ellos lo usan como coraza y como fuente de fuerza. Nadie pronuncia la palabra “invidente”, demasiado delicada, tal vez lejana. Ellos se reconocen como ciegos, al menos en lo físico, porque en lo demás ven más que cualquiera.
El balón rueda, o mejor, suena, sobre la cancha de cemento del Liceo Rafael Pombo. Hasta allí llegó una delegación de la Selección Santander de fútbol sala para personas con discapacidad visual o, dicho sin rodeos, de ciegos. Algunos de ellos, incluso, son figuras y estrellas de la Selección Colombia.
Se ubican en una cancha que no conocen con una precisión envidiable, casi milimétrica. Para jugar necesitan silencio absoluto: su orientación depende del sonido y de ese balón especial que, al rodar, se escucha como un manojo de cascabeles. Ese es su ajuste razonable; de ahí en adelante todo es magia, talento, disciplina y una entereza que demuestra que no existen imposibles.
Son las 10:30 de la mañana. El sol cae con la naturalidad de cualquier día de verano y los alumnos de la institución salen a descanso. Miran con sorpresa, y con una admiración que no disimulan, a este grupo de deportistas que juegan con los ojos cubiertos por unas gafas especiales. Las usan para protegerse de golpes y para evitar la trampa: en esta disciplina no todos son totalmente ciegos, algunos perciben sombras, así que nadie puede tener ventajas.
Didier Archila Manrique, el de las zapatillas blancas, es una de las estrellas del equipo. No por nada le dicen el “Lucho Díaz” santandereano. Mueve el balón con una rapidez que desarma: lo pisa, lo amasa, hace bicicletas, frena, pasa, amaga. Entre sus delgadas piernas el balón parece tener vida propia. Fue el goleador del reciente Parapanamericano de Chile, donde Colombia obtuvo el segundo lugar y él anotó 11 goles, uno de pena máxima.
Su historia, más que trágica, es admirable. Tiene 20 años y hace apenas 3 años y 7 meses perdió la vista. Un accidente en moto le destrozó los ojos; prácticamente estallaron. Ese día, irónicamente, comenzó a ver de otra manera. Antes era un joven perdido, con vista, pero ciego: atrapado en los vicios, la calle, las peleas, el alcohol, el desorden. El golpe que lo dejó tirado, al borde de la muerte y ensangrentado en el asfalto le cambió la vida.
Ahora es profesional en formación, estudia en las Unidades Tecnológicas de Santander, vive solo, es una estrella de este deporte y trabaja junto a sus compañeros para motivar a nuevas generaciones. Quiere demostrar que, para quien ama y quiere salir adelante, no hay obstáculos que valgan.
Habla de sus compañeros como hermanos, especialmente de Juan David Pérez, de 29 años, piedecuestano, quien perdió la vista a los 12 por un desprendimiento de retina debido a su nacimiento prematuro. Fue él quien ayudó a Archila a encontrar un rumbo, como también lo ha hecho con muchos otros. Lo suyo es una labor social que le nace del corazón y que lo llevó a estudiar Trabajo Social: esa es su vocación, servir, ayudar a su comunidad de ciegos. De su boca salen frases como esta, que a más de uno le cambia la mirada: “Yo nunca le oré a Dios para que me devolviera la visión; siempre le agradecí por el hecho de estar vivo”.
Un juego de calidad y realidad
Tras unos veinte minutos de ‘picado’ y un sol que encandelillaba al resto, a ellos no, los deportistas pararon e invitaron a un grupo de estudiantes a jugar un partidito contra los ciegos. Eso sí, lo harían con los ojos tapados, vendados, para estar en igualdad de condiciones.
Antes del inicio, los osados estudiantes de secundaria se reían y lucían nerviosos. Les indicaron que debían gritar “voy” cada vez que fueran por el balón, levantar las manos como protección, pero sin mucha fuerza, y escuchar a los porteros, que en esta disciplina son los únicos que ven y son la guía en el campo de juego.
El árbitro pitó y empezaron las risas. Ellos, adolescentes con energía y seguros de sus cualidades futbolísticas, se movían con inseguridad; el balón se les perdía y, aunque lo escuchaban, no atinaban a acariciarlo con la calidad de siempre. Sonaban las carcajadas y ellos mismos se reían, pero en el fondo se despertó un sentimiento de admiración general: de los estudiantes, los que estaban jugando y los que no, y de los docentes. No era fácil, pero tampoco imposible.
Saymoon Farid Soto Afanador, estudiante, calificó la experiencia como única y angustiante, por no saber dónde estaba la pelota ni él mismo. “Siento que es muy importante ver; gracias a Dios podemos hacerlo, mis respetos para ellos”, expresó el emocionado joven.
“Yo no jugué de nada; a veces me sentía como si estuviera adelante, pero casi nunca supe en dónde estaba”, agregó entre risas Juan Camilo Duarte, otro alumno, convencido de que la experiencia fue única, diferente y de aprendizaje, sobre todo porque fue víctima de un par de túneles del talentoso Archila.
La idea de la actividad, que nació como un proyecto de clase, era justamente sensibilizar, explicó Juan Carlos Gómez Grisales, coordinador de proyectos institucionales del Liceo Rafael Pombo, muy orgulloso de que esta iniciativa surgiera de un estudiante, quien se encargó de contactar directamente a estos talentosos del balón y de la vida.
Al terminar el partido y escuchar las historias de vida y el mensaje motivacional de estos deportistas, la comunidad educativa liceísta se despidió de ellos con un aplauso enorme, de esos que hacen temblar estadios, y llena de una profunda admiración.