El Gobierno argentino denunció la existencia de una red de agentes rusos que operaban desde Buenos Aires con fines de desinformación y manipulación política. La trama incluye financiamiento extranjero, influencia sobre ONGs y creación de identidades falsas. Rusia, de momento, guarda silencio.

Una operación de inteligencia revelada esta semana por el Gobierno argentino ha encendido las alarmas en América Latina y reavivado las tensiones diplomáticas con Rusia. Según la información oficial, una red de ciudadanos rusos y argentinos operaba en el país bajo un esquema de espionaje y manipulación política coordinado desde Moscú.

La célula, conocida como “La Compañía”, habría estado activa durante al menos tres años y estaría vinculada al Proyecto Lakhta, una estructura de desinformación digital promovida por el Kremlin, con antecedentes en interferencias electorales en Estados Unidos y Europa. El objetivo: influir en la opinión pública local, infiltrar organizaciones civiles y recopilar información política y estratégica sensible.

Los principales señalados son Lev Konstantinovich Andriashvili e Irina Yakovenko, una pareja de nacionalidad rusa radicada en Buenos Aires. De acuerdo con fuentes de la Secretaría de Inteligencia del Estado (Side), ambos coordinaban una red que operaba bajo la apariencia de fundaciones sociales y empresas de análisis de datos. Su misión incluía desde campañas de desinformación en redes sociales hasta la infiltración en sectores políticos y académicos.

Aunque no se ha confirmado si los cabecillas fueron arrestados, el Gobierno argentino aseguró que varios operadores locales fueron detenidos, y que la red se desmanteló en parte gracias a información compartida por agencias europeas de inteligencia.

Milei responde con dureza

El presidente Javier Milei, quien ha mantenido una postura marcadamente occidental y cercana a Estados Unidos, reaccionó con firmeza. Su gobierno anunció la creación del Departamento Federal de Investigaciones (DFI), una nueva unidad policial especializada en espionaje extranjero, crimen transnacional y terrorismo digital.

“El uso de nuestro territorio para operaciones encubiertas es inaceptable”, dijo el vocero presidencial, Manuel Adorni, quien además calificó el caso como “un intento de manipulación de la democracia desde el exterior”.

La decisión fue tomada por decreto y sin pasar por el Congreso, lo que ha generado críticas internas, pero también un respaldo tácito de sectores preocupados por el aumento de operaciones híbridas en la región.

El caso argentino no es aislado. Según reportes recientes de medios europeos, Rusia ha desplegado redes similares en países como España, Alemania, Brasil y Serbia, utilizando identidades falsas y pasaportes falsificados, a menudo con documentación de países latinoamericanos.

Investigaciones periodísticas han demostrado que estas células suelen operar desde estructuras sociales o culturales, con financiamiento opaco y vínculos con servicios de inteligencia rusos. En muchos casos, utilizan la cobertura de ONGs o fundaciones de cooperación internacional para evadir controles.

Silencio desde Moscú, preocupación regional

Hasta ahora, el Kremlin no ha emitido una declaración oficial sobre el caso. Pero diplomáticos consultados en Bruselas y Washington afirman que el episodio podría tensar aún más las relaciones entre Argentina y Rusia, especialmente tras la negativa del gobierno de Milei a mantener vínculos con los BRICS y su acercamiento a la OTAN.

En América Latina, la revelación ha generado inquietud. Expertos en seguridad y ciberinteligencia advierten que la región sigue siendo un terreno vulnerable para este tipo de operaciones, dadas las fallas en control migratorio, escasa inversión en contrainteligencia y alta exposición digital.

“Lo ocurrido en Argentina puede ser apenas la punta del iceberg”, advirtió el periodista Hugo Alconada Mon, quien ha seguido de cerca las redes de desinformación globales.

Mientras la atención global se centra en los conflictos tradicionales, el caso argentino recuerda que la guerra moderna no siempre se libra con tanques o misiles, sino con datos, discursos y manipulación digital. En un mundo hiperconectado, las fronteras del espionaje se diluyen y la defensa nacional empieza en el control de la información.

Para Argentina, el desafío apenas comienza. Y para la región, el mensaje es claro: el espionaje del siglo XXI ya está aquí, y no siempre se disfraza de película… a veces se instala en oficinas de coworking.

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